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Breve crónica del café

Breve crónica del café

Vamos a contarte muchas cosas acerca del café pero, antes de empezar a entrar en detalles, creemos que lo mejor será empezar por el principio: el origen del café.

Cuando intentamos remontarnos en el tiempo hasta épocas muy lejanas, llega un momento en que realidad y fantasía conviven íntimamente, se funden en un estrecho abrazo, y resulta prácticamente imposible saber con certeza donde empieza una y donde acaba la otra.

Orígenes del café

Si nos ceñimos al origen de la planta del café, el asunto se simplifica un poco, aunque ni siquiera en esto existe un acuerdo. Unos científicos sitúan su procedencia en Etiopía, mientras que otros lo consideran originario de Yemen. Lo que parece incuestionable es que África fue su cuna.

Lo que nosotros conocemos como granos de café, son las semillas de los frutos del cafeto, un arbusto de hoja perenne que puede alcanzar los diez metros de altura en estado silvestre, aunque en los cultivos no suele sobrepasar los tres metros. Si bien existen muchas especies de cafeto, las mejores calidades las ofrecen las variedades Coffea arabica y Coffea robusta.

¿Quién inventó la bebida de café?

Pero, extrapolando la frase del cuento, ¿quién le pone el cascabel al gato? Si queremos identificar al primer ser humano que convirtió las semillas del café en la magnífica bebida que conocemos ahora, naufragamos definitivamente en un mar de leyendas.

Es como si quisiéramos identificar al genio que cortó las patatas en bastones y las sumergió en aceite caliente por primera vez: la controversia sería interminable y, al igual que ocurre con las patatas fritas (que hasta los belgas alardean de ser pioneros), cada uno arrima el ascua a su sardina, en una absurda guerra de nacionalismos donde todos quieren colgarse la medalla de la creación.

Un poco de historia

Históricamente, lo que sí parece probado es que las tribus nativas del cuerno de África (como se suele denominar a la zona actualmente compuesta por los países de Somalia, Yibuti, Eritrea y Etiopía) utilizaban una mezcla de bayas de café molido con grasa animal, que en forma de pequeñas bolas suministraban a sus guerreros para darles energía durante las batallas.

Igualmente se afirma que los esclavos que eran llevados de Sudán a Yemen y Arabia desde el gran puerto de la época, Moca (curiosa coincidencia), se comían la parte carnosa de los rojos frutos del café.

Un mar de leyendas

Pero de estas formas de consumo a tostar los granos y hervirlos en agua, hay una gran distancia. ¿Cómo se dio ese paso gigantesco? A partir de ahora vamos a sumergirnos en las brumas de las leyendas que quieren explicarlo. Sólo de las más conocidas, claro, porque si no este texto no tendría final.

El pastor de cabras

La más popular es la que atribuye el hallazgo a un pastor de cabras llamado Kaldi que vivió en el siglo VII (o en el IX según otras versiones). El tal Kaldi observó un día que sus cabras, tras comer de determinados arbustos, estaban inquietas y presas de una gran actividad. Así que el pastor, ni corto ni perezoso, decidió probar él también a comer esos frutos para ver qué efecto le causaban y al rato de ingerirlos él también se sintió lleno de energía.

En la versión B el pastor se hace una infusión con los frutos crudos y le resulta tan amarga que la arroja al fuego. Y entonces se produce el milagro: los semillas al tostarse empiezan a desprender un aroma irresistible y Kaldi, con gran arrojo, reincide y se hace una nueva infusión, pero esta vez sólo con las semillas tostadas.

Si volvemos a la primera versión, nuestro pastor decide cargar con las ramas del arbusto y llevárselas al abad (o al prior) de un monasterio y es este santo varón el que, por el mismo método de tirar el asqueroso brebaje al fuego, descubre nuestra genial bebida.

En la versión B, esa en la que Kaldi ya había descubierto el café, igualmente se dirige al monasterio y el prior (o el abad) confirma las excelencias de aquella poción que lo mantenía despierto en las largas noches de vigilia. ¿Complicadillo, eh?

Espejismos en el desierto

En esta historia nos encontramos con un musulmán al que sus enemigos han conseguido desterrar al desierto. Entre espejismo y espejismo el hombre escuchó una voz (igualito que los esquizofrénicos) que le instaba a comer la fruta del cercano cafeto. Como los granos estaban muy duros, el musulmán, en pleno desierto, se puso a ablandarlos con agua. Y en vista de que no lo conseguía, se limitó a beberse el líquido.

A partir de ahí, interpretando el hallazgo como un milagro de Alá, volvió con su gente y se dedicó a difundir el café y a predicar. Salvando las distancias, entre dos personas que oyen voces diciéndoles que coman del árbol de al lado, el musulmán al lado de la pobre Eva resultó ser un enchufado.

El místico y las aves

La siguiente leyenda nos eleva aún más en los caminos de la fe. En esta ocasión se le atribuye el hallazgo al místico sufí yemení Ghothul Akbar Nooruddin Abu al-Hasan al-Shadhili.

Cuentan que, mientras viajaba por Etiopía, observó unas aves con una tremenda vitalidad inusual que comían siempre las mismas bayas. Y, obviamente, cuando el místico las probó, también él vio muy incrementada su vitalidad.

Mahoma y el café

Y para terminar las leyendas del café, en lo más alto del escalafón religioso, nos encontramos con el mismísimo Mahoma. Dice la historia que el profeta estaba muy enfermo. Así que Alá decidió enviarle al Arcángel Gabriel cargado con un ¿odre, cántaro, ánfora, termo? lleno de una bebida negra y amarga.

Dicen que el profeta recuperó su salud y su vitalidad a tal extremo que ese mismo día “Mahoma fue capaz de hacer desmontar a 40 caballeros armados y de satisfacer a 40 mujeres”. A este elixir prodigioso lo llamó qáhwa o kawa, nombre del que derivaría nuestro café. Sin comentarios…

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